Octubre, 2011

Guía del (im)perfecto snob: el cuadro más caro del mundo

Octubre 25th, 2011 Octubre 25th, 2011
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Miguel López Neira

En ocasiones, cuando arrecia esta adormidera del calor vespertino de principios de otoño y me acomodo en la tumbona del balcón, amodorrado entre las macetas para vegetar la tarde como un inoperante saltamontes sestea en el tallo de un hinojo, me da por imaginar lo que podría hacer si dispusiera de ciento cincuenta millones de dólares en mi cuenta bancaria. Sí, soy de esa clase de individuos que se pasan la vida pensando en lo que harían con esa fortuna en vez de pensar cómo conseguir ganarla. Y bueno, las respuestas son muchas y variadas. Podría comprar algo de ropa para que las chicas no saquen el bolso y me den monedas cuando intento invitarlas a ellas a una copa. Podría comprarme un coche. Uno que funcione, quiero decir, y que no me sirva sólo como trastero con ruedas con un maletero que llenar de morralla inservible. Podría fundar mi propia revista con el nombre inicial que propuse para Jot Down —me respondieron con un “la próxima vez que propongas un nombre así te echamos de la revista y llamamos a la policía”— y llenarla de artículos sobre temáticas para las que normalmente no encuentro salida aquí, como las maquetas de heavy metal que grabó Leonard Cohen en sus inicios (¿soy el único que las ha escuchado? ¿Nadie más ha disfrutado con temazos del calibre de Sensitive iron fist o Motorpoetry?) o el Diez razones por las que Pep Guardiola no podría protagonizar Harry el Sucio. En fin, cosas útiles en las que emplear el dinero.

Pero un buen día, hojeando —con hache— una de esas revistas ilegibles que descansan en la sala de espera de uno esos sitios en que deberían entretenernos dicha espera en vez de martirizarnos con revistas del corazón y catálogos de muebles, vi un listado de las diez pinturas más caras del mundo. Y entonces tuve una revelación. Cuando necesite ciento cincuenta millones de dólares, sólo he de ir a Leroy & Merlin, comprarme una buena lámina de contrachapado, algunos botes de pintura y un destornillador. Después, voy a casa, uso el destornillador para agujerear los botes por su parte inferior y dejo caer chorritos de colores sobre la madera, hasta que obtenga algo como esto:
No5_1948

Lamento decir que la imagen no es el resultado de mi propio trabajo —les recuerdo que estoy haciendo la siesta en el balcón— sino que se trata de Nº5, 1948. Suena a código de clasificación de una colección de tebeos, pero no: es el nombre de una obra de Jason Pollock y es actualmente la pintura más cara del mundo. La compró un millonario mexicano con nombre de vecino del cuarto —David Martínez— y pagó por ella ciento cuarenta millones al anterior propietario. Pero si ahora cualquiera de ustedes, amigos lectores, decide adquirirla cuando termine de pagar la hipoteca, el precio ha aumentado en la nadería de quince millones. Pero no se preocupen; esto del arte es como lo de los pisos. Siempre habrá alguien que lo comprará más caro.

Mi cuñado el albañil comentando con interés el curioso estucado de la pared del museo, hasta que mi hermana le dijo que no, que eso “es” un cuadro.

No voy a caer en proferir obviedades sobre la factura del cuadro en cuestión. Cualquiera puede mirar la imagen y llegar a sus propias conclusiones. A mí me recuerda a una mesa de la sección infantil del MacDonald’s tras la celebración de un cumpleaños, o quizá al suelo sin barrer del taller de un ebanista, pero tampoco soy un experto en arte y sé que puede haber ahí dentro significados ocultos que están más allá de mi aprehensión —también con hache—, como los hay en la mancha de moho de un limón si la contemplamos al microscopio. Vamos, cuando un millonario se gasta semejante dineral en un cuadro no hablamos de mi tía la de las tragaperras sufriendo un buying spree en el “Todo a cien” de los chinos y llegando a casa con baúles en miniatura y paragüeros con la imagen del Empire State, sino de un comprador millonario que supuestamente tiene asesores fiscales, agentes de bolsa, asistentas en liguero y abogados varios que le recomienden sobre la conveniencia o no de la inversión. Sé que el cuadro no cuesta lo que cuesta (aunque sí vale lo que vale) debido a sus cualidades estéticas, que son más parecidas al suéter de lana de alguien que ha pasado la noche durmiendo en un contenedor que a un lienzo de Caravaggio, sino que cuesta lo que cuesta por motivos puramente monetarios: un cuadro pesa y ocupa menos que un montón de lingotes de oro, no se puede esparcir bajo el sillón como un sobrecito de diamantes y es dudoso que el ejército norteamericano venga a conquistarlo como sucede con los pozos de petróleo. De acuerdo, un cuadro es en sí una buena inversión, puedo entenderlo.

Pero lo que realmente me intriga es: ¿por qué este cuadro y no otro? Eso me lleva a reflexionar sobre la figura de Pollock, cuya gran aportación artística al mundo —o al mundo que yo puedo entender— es haber inspirado una película que era una excusa más para que saliese en pantalla Jennifer Connely en sus más aterciopelados años (iba a decir “amelocotonados” pero no quiero que se me tome por un garrulo superficial que no ve más allá del escote). Es cierto que Pollock tiene algunos cuadros graciosos; es decir, a veces mezcla los colorines con gracia, en una especie de combinación entre el cubismo de Picasso y la adorable entropía visual de un preescolar pintando con ceras. A veces es como si Joan Miró hubiese intentando por una vez hacer un cuadro de verdad pero mientras salía a por tabaco se lo hubiese hecho trizas su perro. En todo caso, Pollock tiene cuadros que puedes contemplar con cierto interés si estás en un solitario museo y no hay un grupo de estudiantes noruegas cerca, o si estás buscando motivos originales para un papel de envolver regalos. No es mi intención cargarme por las buenas a cualquier artista sólo porque no me atraiga especialmente su estilo: como (im)perfecto snob que soy, estoy dispuesto a considerar la idea de que existe el Arte en un trapo de limpiar biocicletas por el que alguien ha pagado bastante más de lo que yo tengo “ahorrado” en mi cuenta bancaria.

Si yo fuese más inteligente que el comprador del cuadro, tendría todo ese dinero que él tiene, así que ¿quién soy yo para opinar? Si Nº5, 1948 es la pintura más cara del mundo es porque alguien que tiene más millones que yo, y por tanto más criterio, más asesores y más significación pública, así lo ha visto conveniente. Humildemente asumo mi incomprensión al respecto, aunque eso suponga sentirme levemente incómodo cada vez que pago cinco euros en el mercadillo por una lámina de Paul Klee con la que adornar mi habitación. Sé que no es exactamente lo mismo que tener un Pollock original colgando sobre tu coronilla tras la mesa de tu despacho con vistas a Manhattan, pero el (im)perfecto snob ha de amoldarse y combatir el mayor de sus peligros —el qué diran— de manera conforme a sus posibilidades presupuestarias.

Además, luego pienso que yo he pagado cinco euros y el otro tipo ha pagado ciento y pico millones. Y qué quieren que les diga. Es cierto que echo de menos los yates, los palacios, las audiencias con el Papa y sobre todo las asistentas en liguero… pero me siento un poco menos estafado. Y, tranquilizada mi conciencia, vuelvo a sucumbir a la modorra, cómodamente apoltronado entre las macetas y soñando con los girasoles de Van Gogh. Quien hace lo que puede no está obligado a más. Excepto claro, el perfecto snob, quien de buena gana firmaría una hipoteca para tener en su casa un cuadro original de quien sea, como Dios manda. Pero yo no soy un perfecto snob. Aún no he madurado tanto.

Tomado de:

http://www.jotdown.es/2011/09/guia-del-imperfecto-snob-el-cuadro-mas-caro-del-mundo/

El oficio de ser malo

Octubre 25th, 2011 Octubre 25th, 2011
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Por Marcos Abal

Una de las funciones históricas del artista ha sido la de escandalizar señoras. Las señoras de toda la vida, abrigo de pieles y perrito en el sobaco. Qué sería del arte sin las señoras. Estas cumplían con su papel a la perfección. Sus maridos pataleaban en los primeros conciertos de Stravinski mientras ellas gritaban como si las estuviesen violando. El arte escandalizaba con solvencia y los escandalizadores ni siquiera necesitaban vestirse de artistas. A los que el arte no les alcanzaba para indignar recurrían a la melena y al ceño fruncido para dar sustos, y entre susto y sablazo iban tirando, en una bohemia estéril que ha dejado alguna biografía y casi ninguna obra.

Ya Cela tuvo que recurrir a la palangana y a la capacidad de absorción de su trasero para llamar la atención. Y eso cuando no se metía en una fuente vestido de frac, para epatar a los presentes que admiraban, parecía, más el desprecio de Cela por las pulmonías que su absoluta falta de sentido del ridículo. A falta de algo mejor que decir, a Cela sólo le quedaba beber con el trasero litros y litros de agua. También podía haber retado al mundo con una palangana llena de coñac o anís, algo así como el reverso oscuro de la embriaguez. Lo de Cela era el funcionariado artístico, la pose obligada por la tradición. Muy amigo del escándalo era Benet. Sabía ya perfectamente que ser visible era estar en contra, o incluso en decir lo que a nadie se le ocurriría decir. En esa recopilación de ensayos que acaba de sacar Lumen encuentro estas palabras: “Yo creo bastante en la eficacia de la impertinencia, sobre todo en la de determinados opiniones impertinentes… En cierto modo esas opiniones son, por impertinentes, las más útiles, las más atractivas.” Cuando le dieron el Premio Nobel a Solzhenitsin, que había denunciado en Archipiélago Gulag la mala vida en los campo de concentración soviéticos, Benet dijo: “Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsin no puedan salir de ellos.” Si ya sonaba mal en 1976, cuando las excursiones a la China de Mao eran el pan de cada día entre la intelectualidad española, no digamos ahora, cuando la izquierda ya ha perdido incluso la razón cubana.

Benet ha sido una especie de francotirador de la literatura española, y de ese capricho ha salido por ejemplo ese ensañamiento con Galdós, que todavía dura. Ese antigaldosianismo es una de las beaterías más consolidadas. Ha pasado de una a otra generación y ni siquiera hoy en día somos capaces de acercarnos a la obra del canario sin ver garbanzos por todas partes. Benet, a pesar de su canonización, ha quedado para la literatura como una fabada indescifrable, tan respetada como poco leída.

Y en nuestro escándalo de hoy todo es muy aburrido. Se diría que lo que no es comercio es alcantarilla, y entre una y otra siempre hay alguien dispuesto a escandalizarse por algo. Lo más escandaloso del universo ya sería que nadie se escandalizase. Se levanta una piedra y salen tres o cuatro docenas de escandalizados, con las manos en la cabeza y echando espuma por la boca. En ese sentido Internet es una gran espuma, de anónimos o no, aunque quitando tres o cuatro todo el mundo es anónimo. El nivel de ñoñería y suspicacia es tal que pasan por verdaderos dadaístas tipos como Sostres, al que yo veo más como un señorito travieso aficionado a meterse el dedo en la nariz cuando alguien mira. Apartamos la mirada, no tanto por escándalo como por pudor estético, que ya es el único pudor que nos queda. Es el mismo pudor que nos hace detestar las riñoneras, por ejemplo, los coches tuneados o la lencería exquisita de la Cicciolina. Basta con que uno no sea un ortodoxo de lo políticamente correcto para que levante una polvareda de vez en cuando. En vista de esto siempre hay alguien dispuesto a hacerse un nombre acudiendo a los santos lugares intocables. Es una gimnasia publicitaria como cualquier otra, y que dará sus resultados. No lo dudo. Es lo más fácil del mundo. Hay una invocación de la ternura del niño con corazón que se ve nazi porque el mundo es malo, cruel, y además caro. Y el mundo, efectivamente, es malo, cruel, y además caro; ya no queda sino hacer misas negras para que le presten a uno un poco de atención.

En el último festival de Cannes se presentó Lars von Trier diciendo que comprendía a Hitler. Da igual si Hitler venía o no a cuento, porque en realidad Hitler siempre viene a cuento. Es el cabrón infinito. Resultó más efectivo incluso que hacer un calvo a la prensa.

Tomado:

http://www.jotdown.es/2011/10/el-oficio-de-ser-malo/

Shibari: el arte japonés de la atadura erótica

Octubre 10th, 2011 Octubre 10th, 2011
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Posted by Josep Lapidario

A Kurt Fisher: 1953-2011

A principios de 2009 la compañía de mosaicos de lujo Bisazza contrató para una campaña publicitaria al famoso fotógrafo Nobuyoshi Araki. La promoción fue un éxito, pero una de las imágenes fue rápidamente prohibida en el Reino Unido por la ASA (Advertising Standards Authority), con el argumento de que tenía una fuerte carga de violencia sexual. La fotografía mostraba a la modelo atada y con una expresión extraña en el rostro…

Ya estoy acostumbrado a cualquier tontería en cuestión de censuras, pero me sorprende que la obra de Araki todavía levante controversias. Considerar misógino a uno de los mayores adoradores de la belleza femenina es una muestra de miopía tan increíble que me parece necesario, como fan de Araki y aficionado al BDSM, aclarar algunos puntos sobre el arte del shibari que hubieran evitado el malentendido de la ASA.

Una precisión inicial: la palabra shibari (縛り) significa literalmente “atadura”, mientras que kinbaku (緊縛) se podría traducir como “atar fuertemente”. En la práctica, ambas palabras se emplean casi indistintamente (con ciertos matices) para referirse al arte japonés de la atadura erótica, a cuya historia, significado y belleza está dedicado este artículo.

1. Una atadura es un abrazo fuerte

¿Por qué resulta erótico inmovilizar o restringir el movimiento? Para la persona atada, el efecto es en parte físico: la presión de las cuerdas sobre puntos sensibles y zonas erógenas, el roce que puede ser suave o áspero según el tipo de cuerda… En una suspensión entra en juego la ingrávida sensación de volar y perder los referentes; en una atadura sobre tatami o una cama, el sentirse manejada, empujada, acariciada por las cuerdas. Los efectos psicológicos son potentísimos y a veces contradictorios: el chorro de adrenalina al sentirse indefenso y a la merced del atador, frente a la relajación y confianza de saberse en buenas manos y poder librarse de toda responsabilidad y vergüenza (“no puedo resistirme al placer que se me proporciona”). Como sostiene el propio Araki, atar fuertemente es abrazar… Las cuerdas se convierten en una extensión de los dedos del atador.

El establecimiento de una comunicación fluida entre atador y atado convierte una sesión de shibari (sea performance con público, sea juego privado) en un cruce entre baile intenso y pelea de artes marciales… Entra también en juego el aspecto estético: la disposición de las cuerdas realzando y subrayando las formas de la persona atada, la contorsión erótica de los cuerpos, las posturas tanto expuestas como recogidas, tensas o relajadas. La expresión de la cara de la persona atada suele ser clave en las fotografías de shibari: en una cultura como la nipona, famosa por su impenetrabilidad facial, dejar traslucir una emoción profunda crea un instante potente y significativo.

¿Y qué hace el atador cuando tiene a la “víctima” a su merced? ¿La azota? ¿La acaricia? ¿La fotografía? ¿Folla con ella? ¿Deja que vuele? ¿Le venda los ojos para que se aísle del mundo exterior y se cueza en su propia salsa? Pues todo, parte o nada de lo anterior, dependiendo de la relación existente entre ambos (tan ligera como atador/modelo fotográfico o tan profunda como pareja habitual). Cada tipo de interacción tendrá su propia energía artística y vital.

2. La atadura sagrada

No es casual que el arte de la atadura (erótica o no) se haya desarrollado sobre todo en Japón, ya que el uso creativo de cuerdas y envoltorios ha formado parte de su tradición social y cultural ya desde el periodo Jōmon (literalmente “diseño de cuerda”), que va desde el 14.000 hasta el 400 antes de Cristo y recibe su nombre de los hermosos patrones realizados mediante sogas de yute en piezas de alfarería. Envolver cuidadosamente los obsequios es también un arte con sus propias reglas: es conocida la historia del maestro zen Ejo Takata, que le regaló a Jodorowsky un paquete intrincadamente envuelto. Cuando tras mucho esfuerzo logró desenvolverlo, el escritor chileno vio que estaba vacío: el auténtico regalo era la experiencia estética efímera e irrepetible de deshacer la hermosa y complicada atadura.

Hasta en la religión sintoísta tienen un papel importante las ataduras: las cuerdas llamadas shimenawa marcan los lugares considerados puros o sagrados, como los templos o los árboles donde habitan los espíritus…

3. La atadura como arte marcial

Pero la mayor fuente histórica del shibari se puede rastrear en el hojōjutsu (捕縄術), un arte marcial japonés que enseña a utilizar cuerdas para capturar y atar prisioneros para su arresto, transporte o castigo. Sus orígenes pueden rastrearse hasta el siglo XVI como arma de guerra (era una de las 18 técnicas de lucha en que se instruía a los samurai), y posteriormente como herramienta policial.

La habilidad japonesa para ritualizar y embellecer actividades cotidianas (desde la ceremonia del té hasta la caligrafía o los arreglos florales) entró también en juego con el hojōjutsu: las ataduras del prisionero podían seguir complicados patrones según su clase social, el delito cometido o el castigo que le estaba reservado. Diferentes escuelas enseñaban sus propias técnicas secretas de atadura y empleaban cuerdas de diferente color (dependiendo de la estación del año), grosor o material.

Un punto en común de todas estas técnicas es que no se preocupaban en exceso del bienestar del criminal, presionando con las cuerdas puntos de dolor o dificultando la respiración. De hecho algunas ataduras se utilizaron abundantemente como método de tortura durante el periodo Edo (siglos XVII-XIX). Según documentos de la época, dos de las peores torturas que se podían aplicar legalmente sobre un criminal eran las ataduras llamadas ebizeme (con el criminal contorsionado dolorosamente sobre sí mismo, ver ilustración adjunta) y tsurizeme, consistente en suspender todo el peso del prisionero de sus brazos atados a la espalda. Hay documentados poquísimos casos en que estos métodos de tortura no obtuvieran apresuradas confesiones… Con excepciones, la más llamativa la de una mujer llamada Fukai Kane, detenida en 1871 como sospechosa de asesinato y más tarde puesta en libertad sin cargos… Ante la sospecha de los sorprendidos carceleros de que el suplicio estaba teniendo un efecto diametralmente opuesto al previsto.

4. De la brutalidad al arte erótico

Independientemente de la curiosa actitud de la señora Kane, es evidente que en esa época tanto el hojōjutsu como la tortura de la cuerda eran actividades brutales, que podían dejar secuelas permanentes en sus víctimas y que no buscaban ningún tipo de connotación sensual. El paso de la brutalidad medieval al refinamiento del arte erótico se dio de forma gradual durante el siglo XIX y llegó a su cumbre gracias a la influencia del pintor Itoh Seiyu, llamado el “padre del kinbaku”.

Nacido en 1882, Itoh recibió profundas influencias del arte del ukiyo-e (los bien conocidos grabados xilográficos sobre madera) y especialmente de los shunga o “dibujos de primavera”, grabados explícitamente sexuales inmensamente populares en la época. Ya tuve oportunidad de hablar en Jot Down del terremoto erótico tentacular que Katsushika Hokusai ocasionó con El sueño de la mujer del pescador … Otros autores de shunga jugaron un papel similar en la erotización de las ataduras y las escenas de violencia (seme-e): desde los asaltos de Kunisada Utagawa o las cortesanas castigadas de Koryusai Isoda hasta la terrible y extrañamente erótica imagen de una embarazada suspendida cabeza abajo en la cabaña de una bruja: La casa solitaria del pantano de Adachi del gran Tsukioka Yoshitoshi. También en el teatro kabuki más popular en la época empezaron a prestársele una especial atención a las escenas de torturas o ataduras (relativamente abundantes en los dramáticos argumentos de las obras), interpretadas con convicción por actores que adoptaban papeles masculinos y femeninos. Al joven Itoh le causaron gran impacto escenas como la representada en la imagen adjunta, de una obra kabuki en que una princesa llamada Chujo es atada bajo una fría tormenta de nieve…

Itoh Seiyu absorbió estas influencias y las combinó con su propia querencia por los juegos eróticos de dominación y sumisión (lo que hoy llamaríamos BDSM), haciendo nacer el arte del shibari. La primera mujer de Seiyu no compartía en absoluto sus preferencias eróticas, y el suyo fue un matrimonio frío. Pero su segunda esposa y modelo, una delicada mujer llamada Kiseko, era sexualmente masoquista y sentía un enorme placer al ser atada (y retratada) por Itoh. Seiyu transformó gradualmente las ataduras del hojōjutsu buscando convertir la brutalidad en placer: las cuerdas que antes presionaban estratégicamente nervios causando un gran dolor pasaron a buscar las zonas erógenas y seguras; empleó nudos y pases de cuerda que no se apretaran con el forcejeo, evitando así el riesgo de cortar la circulación…

Esta preocupación de Itoh (y, como veremos, sus discípulos) por la seguridad de las ataduras será muy importante en escenas fotográficas realmente intensas, como la controvertida imagen de la suspensión cabeza abajo de Kiseko embarazada (en homenaje al ukiyo-e de Yoshitoshi antes comentado) o una sesión de fotografía en la nieve realizada en pleno febrero…

Inevitablemente Itoh acabó teniendo problemas con la censura y al menos en dos ocasiones pasó por comisaría: la primera vez por publicar “material obsceno” y la segunda por unos dibujos ofensivos hacia el Confucianismo. Sin embargo, más adelante su popularidad como artista y enfant terrible le permitió suavizar sus relaciones con las autoridades, hasta el punto de terminar dando clases de hojōjutsu a policías o colaborando en un libro gubernamental sobre la justicia en la época Edo.

Para entender esta libertad sorprendente a ojos occidentales tengamos en cuenta que parte del Japón cultural de los años 20-30 estaba influido por los excesos artísticos de la república de Weimar y tendencias experimentales de vanguardia… Mientras en los EEUU resultaba problemático usar la palabra “embarazada” en la radio, en Japón nacían movimientos artísticos como el Ero Guro Nansensu, dedicado a la corrupción sexual, lo deforme y lo grotesco. Itoh Seiyu no pertenecía a este movimiento (buscaba más el refinamiento clásico que la transgresión rompedora), pero se benefició del ambiente de la época.

5. El club de las historias extrañas

Cuando por fin logre viajar a Japón (llevo años intentándolo infructuosamente), visitaré sin falta un distrito tokiota llamado Iidabashi… A tres minutos de la estación de tren, un edificio aparentemente anodino alberga sin embargo un museo-librería realmente único: el Fuzoku Shiryoukan o “Museo de lo Anormal”. Fundado en 1984, alberga la mayor muestra mundial de publicaciones relacionadas con el sadomasoquismo: una colección privada de más de 17.000 volúmenes, 2.000 vídeos, centenares de documentos históricos y un increíble portafolio con casi todas las obras originales de Itoh Seiyu.

Una de las joyas de este museo es la colección completa de una legendaria revista llamada Kitan Club (abreviatura de “El club de las historias extrañas”), que nació en Osaka tras la Segunda Guerra Mundial como publicación underground de relatos escandalosos o divertidos. Sin embargo, a partir de mediados de los cincuenta su editor cambió la orientación de la revista especializándola en sadomasoquismo y shibari… La decisión fue tomada sobre todo gracias al éxito de ventas del número de julio de 1952, que contenía una ilustración llamada Diez mujeres atadas de un dibujante aún desconocido llamado Kita Reiko. Esa ilustración se puede considerar fundacional, al abrir un nuevo camino al arte del shibari hacia los medios de comunicación.

Kitan Club alcanzó una enorme fama, y acogió a alguno de los mayores talentos artístico-eróticos de la época… Kita Reiko resultó ser un alias de Minomura Kou, discípulo de Itoh Seiyu y continuador de sus estudios sobre la violencia erótica en el teatro kabuki. El prolífico y recientemente fallecido escritor Dan Oniroku empezó aquí su carrera literaria con la historia Hana to Hebi (“Flor y serpiente”), que sería adaptada al cine en varias ocasiones por la poderosa productora Nikkatsu. También empezó a escribir en Kitan Club en esa época el legendario Nureki Chimuo, reconocido hoy en día como el mayor nawashi (“maestro de cuerda”) vivo…

Mientras tanto, en Occidente, varios ejemplares de Kitan Club caían en manos de un dibujante y fotógrafo llamado John Alexander Scott Coutts, alias John Willie. Fue un auténtico pionero del arte fetichista en occidente (se le llegó a conocer como “el Rembrandt del pulp”), jugando en EEUU un papel similar al de Itoh Seiyu en Japón. Se puede rastrear la influencia del shibari en muchos de sus dibujos para la revista Bizarre (¡qué delicioso su personaje de Sweet Gwendoline!) y en gran parte de las fotos eróticas en que ató a modelos como la conocida pin-up Betty Page. Por supuesto, la influencia fue bidireccional, y en varios ejemplares de Kitan Club pueden encontrarse obras de Willie, Eric Stanton y otros dibujantes y fotógrafos estadounidenses de la época.

Kitan Club abrió camino a muchas otras revistas, libros de fotografía, novelas y películas relacionadas con el sadomasoquismo y el shibari. Algunas de estas publicaciones resultaron copias cutres sin alma ni sentimiento o sufrieron altibajos por culpa de los vaivenes de la censura, pero otras alcanzaron pronto grandes niveles de calidad artística. Fue por ejemplo en la revista SM Sniper donde Nobuyoshi Araki, con el que abríamos este artículo, publicó en 1979 uno de sus mejores portafolios de shibari…

6. Nawashi: artistas de la cuerda

En la época pre-Internet, estas publicaciones permitieron poner en contacto a modelos, atadores y aficionados, facilitando el intercambio de ideas, información y técnicas. De ese caldo de cultivo han ido surgiendo con el tiempo grandes nawashi (“maestros de la cuerda”), es decir, personas con reconocido talento para la atadura erótica. Para ser considerado un nawashi no hace falta sólo habilidad técnica, sino sobre todo sentido estético y capacidad para establecer una comunicación profunda con la modelo. Cada nawashi tiene su propio estilo: hay quien prefiere las suspensiones y quien favorece el bondage de suelo; hay quien gusta de los patrones ordenados y quien potencia la asimetría y la originalidad…

Uno de los nawashi más influyentes fue Akechi Denki, un genio natural de la cuerda. De carácter suave, amable y dialogante, contribuyó enormemente no sólo al avance de la técnica de la atadura sino también a acercar al público su arte, más allá de los círculos elitistas en que se movió el shibari en sus inicios. Akechi falleció prematuramente en 2005, dejando tras de sí alguno de los mejores libros de fotografías de shibari de la historia (por ejemplo el magnífico Pleasure and a Little pain, con la modelo Kate Asabuki). La autora francesa Agnès Giard le dedica su imprescindible ensayo L’imaginaire erotique au Japon usando estas palabras: “A la memoria de Akechi Denki, que ataba a las mujeres tan dulcemente que ya no querían ser desatadas”.

Y hablando de mujeres: probablemente algún lector se haya preguntado si también hay mujeres maestras de la cuerda… Y evidentemente la respuesta es sí, cada vez más, aunque algunos de los primeros nawashi se mostraran reluctantes a la idea. En la época feudal japonesa, donde hemos visto que tiene uno de sus orígenes históricos el shibari, la cuerda era dominio exclusivo de los hombres (con la única excepción de las kunoichi o “mujeres ninja”). Fue precisamente Akechi Denki uno de los primeros nawashi en enseñar su arte a mujeres como la habilísima Benio Takara, actualmente una reconocida Dómina y maestra de la cuerda.

Y empezaré la última sección de este artículo con otro gran ejemplo de mujer nawashi…

7. Volar sobre un escenario

Barcelona, 9 de Abril de 2011. Se celebra el acto benéfico Cuerdas por Japón, creado por el artista Alberto No Shibarien favor de las víctimas del reciente tsunami. Mientras suena de fondo la música de los Yoshida Brothers, una mujer llamada Despertant se acerca a un chico joven que le espera en actitud tranquila. La mujer coge un manojo de cuerda de yute. Con un tirón rápido de la mano (similar al gesto de arrancar la anilla a una granada) la despliega elegantemente y comienza a usarla para atar al joven, partiendo de las muñecas cruzadas en la espalda y tensando la cuerda alrededor de brazos y hombros. Un diseño empieza a ser visible: un arnés que inmoviliza progresivamente al joven y le sirve como punto de apoyo hacia una anilla que cuelga del techo. Un par de tirones de las cuerdas hacen volar al hombre, que queda completamente suspendido de la anilla y girando lentamente sobre sí mismo. De repente la mujer saca unas tijeras y el público contiene el aliento: ¿hay alguna emergencia que haga necesario cortar las cuerdas? Sin embargo, la mujer agarra la coleta del joven, y en un gesto tierno cuyos significados se adivinan profundos, la corta.

El shibari es ante todo una comunicación íntima entre dos personas… Pero al ser un arte tan visual y estéticamente potente, es lógico que encuentre uno de sus principales medios de expresión encima de los escenarios, no sólo de clubes especializados sino también de teatros, locales privados o incluso platós de televisión. Recientemente el canal Arte retransmitió una preciosa performance aérea de la bailarina berlinesa Dasniya Sommer (en la foto), que combina de forma hipnótica y preciosista shibari, yoga y danza contemporánea…

Gran parte de los artistas del shibari que deciden subir a un escenario le deben mucho al maestro Osada Eikichi, primer nawashi en llenar locales con sus coreográficas e intensas actuaciones tras su primera y legendaria performance en el estudio de ballet Ars Nova de Tokio, en 1964. Su testigo lo recogió el gran Osada Steve, de origen alemán y único nawashi occidental residente en Japón. Las apariciones públicas de Osada Steve resultan siempre espectaculares, ya que posee un magnetismo particular y un sentido escénico muy desarrollado. Tuve en 2010 la inolvidable oportunidad de asistir a uno de sus talleres, organizado en Barcelona por el Club Social Rosas 5, y de verle en acción…

8. La belleza del kinbaku

Todo este artículo no ha hecho más que rascar la superficie de un mundo sensual y sorprendente que conjuga niponofilia, erotismo, estética y espectáculo, un arte del que podría estar hablando durante horas… Pero me debo despedir ya y lo haré con una recomendación literaria: quien quiera saber más de la historia y orígenes del shibari debería conseguir el libroThe Beauty of kinbaku, de “Master K”: un ensayo precioso y profusamente ilustrado con hermosas fotografías, publicado en una única edición de mil ejemplares que se convertirán pronto en objeto de coleccionista…

Tomado de:

http://www.jotdown.es/2011/10/shibari-el-arte-japones-de-la-atadura-erotica/

Las instituciones artisticas: Misión común pero sin conexión entre ellas

Octubre 8th, 2011 Octubre 8th, 2011
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Por: Estefanía Bautista Brocal

No podemos ignorar la naturaleza individual que marca cada una de las instituciones y espacios expositivos. Una actitud provechosa para crear un perfil propio y línea artística personal, que favorece la popularidad, prestigio del centro, así como la libertad de actuación –legalmente controlada- de su propio centro. Pero, sin embargo, también es un riesgo para caer en una mala organización o bloqueo de la institución, y por consiguiente un espacio artístico lleno de carencias y/o atrasado.

Todos los organismos mantienen un carácter independiente y propio, donde en la mayoría de ocasiones unas actúan paralelamente a otras y ajenas al trabajo, metodología e innovaciones que puedan ofrecer las demás instituciones al mundo del arte. Quizá, ahí las que pierden son ellas mismas. Exceptuando la información destacable que se presenta en los medios de comunicación -los cuales son de conocimiento general-, así como, las esporádicas actuaciones que subraya la prensa. Poco más se puede saber de los detalles, métodos e innovaciones que una institución internamente lleva a cabo. Mucho menos si no se tiene interés en investigar sobre ella o aprender, por parte de los demás. Así que, al no realizar de manera oficial y con intención instructiva, el seguimiento y estudio de actuación de otras instituciones, se pierde la oportunidad de descubrir y adaptar como propias, soluciones, actividades, metodologías ya asimiladas por otras instituciones, que han funcionado, proporcionando resultados exitosos para la mejora de la institución, siempre a favor del enriquecimiento del campo artístico.

De hecho, si indagamos en el carácter hermético de las instituciones, en este aspecto, no podemos obviar la escasa relación entre museos y galerías. No están conectadas. Todo lo contrario que con las cajas de ahorro o ferias, donde sí existe tanto relación, como convenios o colaboraciones entre ellas. Algo curioso, cuando estamos hablando de aquellos artistas representados mayoritariamente por las galerías de arte, que tarde o temprano tendrán que estar expuestos en esos museos.

La razón principalmente, la encontramos en los métodos de captación de artistas –concretamente por parte de los museos y centros de arte- donde por línea general, ellos mismos investigan por su parte, y buscan al artista en concreto que les ha llamado su atención por la línea temática-artística de su producción, la cual que concuerda con la del propio centro. Artista que normalmente ven en ferias, bienales, o conocen de su trayectoria expositiva en diferentes galerías, otros museos, etc… siendo sumamente goloso buscar y traer del extranjero –no se puede evitar destacar este hecho-.

Pero al que acuden personalmente sin intervención de su galería o representante. Es decir, ni instituciones ni galerías de arte –especialmente de la misma ciudad o alrededores- investigan y están al día de los artistas que exponen y representan sus ajenos, sino que se esperan a que destaquen en cualquier otro medio y espacio, para fijarse finalmente en ellos. Quizá, demasiadas vueltas, para llegar al mismo punto. ¿Tienen miedo las galerías e instituciones de estorbarse unas a otras? Eso significaría una falta de profesionalidad, pues por el camino pierden muchas oportunidades de enriquecerse ¿Existe alguna desconfianza entre ellos? Si existe, no lo reflejan ¿Prudentes, prefieren invertir sobre seguro? Sería una verdadera pena para muchos maravillosos artistas que se pierden y para nosotros, que nos perdemos como espectadores y experimentadores del arte.

Mª Estefanía Bautista Brocal
http://www.arteenlared.com/lecturas/articulos/las-instituciones-artisticas-mision-comun-pero-sin-conexion-entre-ellas.html