Arte y Anarquismo

(per André Reszler. Text extret de La estética anarquista. Ed. Libros de la araucaria. Buenos Aires. 2005.)

“La cultura debe su grandeza y su significación al hecho de que su irradiación desconoce las fronteras políticas y sociales”, dice Rudolf Rocker en “Nacionalismo y Cultura”. Y si es superior al Estado y sus realizaciones, se debe a que es, en el sentido mas profundo del término, anarquista. Las grandes épocas creadoras coinciden con la autonomía de la ciudad y la organización federalista de la sociedad. Por consecuencia, en las épocas dominadas por el pensamiento o la acción política, la cultura decae. El arte de la ciudad griega, el arte de la ciudad medieval, nacen del florecimiento de la persona en el seno de una comunidad de dimensiones humanas. “Hijo y padre de la libertad”, el arte es el símbolo de la creatividad ilimitada del hombre y, en tiempos de tiranía, el símbolo de la parte inalienable de su personalidad, de los sentimientos de amor y fraternidad.

Al estudiar la naturaleza del arte y su función social, el teórico anarquista rechaza los esquemas estrechos de los determinismos económicos y sociales, aun cuando a veces interprete tal aspecto del arte en sus relaciones con la fortuna de una clase social histórica. Y tiende a considerarlo en su autonomía viviente haciendo al artista el único árbitro de su creación. El respeto al arte no le permite escapar ni a la tentación iconoclasta de los heréticos de toda época, ni al odio irracional al “gran arte”, al “artista genial”. ¿No es la obra maestra el símbolo del poder del Príncipe, del Prelado? El creador único ¿no debe su genio al despojo de las masas de su poder creador en provecho de uno solo? Pero no pretende ni la tabla rasa del nihilista, ni la igualdad en la uniformidad. El sueña con la “expansión horizontal” de la creación popular y diversa.

Entre las dos escuelas vivientes del pensamiento estético socialista, la anarquista y la marxista, el parentesco se sitúa a nivel de las dos intenciones primordiales: poner al desnudo los fundamentos sociales de la creación literaria y artística; definir el papel social (revolucionario) del arte. Fuera de esos rasgos generales, todo las separa.

En primer lugar, los orígenes. A partir de una sensibilidad que por si sola da coherencia a sus interpretaciones del arte, son Godwin, Proudhon y Bakunin quienes esbozan los rasgos, necesariamente someros, de la visión anarquista de la creación. La estética marxista no se apoya en una sensibilidad propia. Aplica las leyes del materialismo dialéctico o histórico (o las tesis del joven Marx sobre la alienación del hombre y del artista) al dominio de la estética y se presenta medio siglo después de la muerte de Marx y Engels. No ignora el fracaso de los fundadores del “socialismo científico”, que no supieron reconciliar su visión determinista de la cultura con su gusto personal (y las “leyes del desarrollo desigual” que de el emanan), pero no puede obtener la coherencia de sus tesis sino gracias a la simplificación de los fundamentos iniciales de la reflexión de Marx y Engels sobre arte y literatura.

La estética anarquista se vuelve resueltamente hacia el porvenir, hacia lo desconocido. Contribuye, así, poderosamente, a la eclosión de la cultura moderna. La estética marxista no dirige su mirada muy lejos. se contenta con “regentear” o interpretar lo “real”; pone la obra que existe en relación con la situación económica, social y política de la sociedad para deducir su significado social.

La estética marxista contribuye a la modificación de la cultura mediante una función esencialmente crítica. Se sitúa como adversaria de la cultura burguesa – de una cultura de clase basada en el monopolio de la cultura -, de la filosofía del individualismo, de la angustia, y, sobre todo, de una cultura estética minoritaria desprovista de toda realización social. La estética anarquista ve en la creación artística y en la creación social las realizaciones generales del hombre sublevado. Animándolo a liberarse del peso de la tradición, desempeña respecto del artista una acción liberadora mas acusada, pero también, y sobre todo, una función creadora. Lo impulsa a buscar los caminos siempre renovados de la creación.

La estética marxista se presenta como guardián de la tradición realista. La estética anarquista es el guardián del espíritu de ruptura. Y puesto que tiene la mirada fija en el porvenir – la utopía – interpreta tal vez mejor la aspiración del artista de hoy a la libre expresión de su fe de heterodoxo.

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