Explicar el arte

¿Necesita el arte una explicación?

Quien más quien menos ha visitado alguna exposición artística a lo largo de su vida. Esta acostumbre suele acompañarse de la consabida “guía“, en múltiples formatos: un “especialista” que nos acompaña por las diferentes salas, un folleto que recoge la información más relevante o en los últimos años unos cascos a través de los cuales escuchamos una voz experta, capaz de revelarnos los secretos de la exposición. Tendemos a pensar que esta explicación es particularmente necesaria en el caso del arte contemporáneo: no sabemos lo que tenemos ante nuestros ojos y necesitamos que nos lo cuenten. O mejor dicho: sí que lo sabemos, pero no lo comprendemos. Como si el arte no pudiera entenderse de una forma directa o intuitiva acudimos a la compañía del que sabe. No por repetida deja de tener esta práctica tan habitual su miga filosófica: ¿Necesita el arte explicación? ¿Acaso no logran transmitirnos los artistas que visitamos? ¿Por qué necesitamos que el “lógos” complemente a la experiencia estética?

La situación es casi cómica ante la proliferación de obras “sin título”. Aquello que el artista no ha querido nombrar recibe una glosa por parte de la guía de turno. Los comentarios sobre el estilo, las intenciones, las técnicas utilizadas o los significados de las obras terminan desbordando al propio artista: no son pocas las ocasiones en las que pintores, escultores o literatos desdicen y critican a sus propios intérpretes. Y es que por un lado, parece que el arte está ahí esperando a que sea cada uno de nosotros el que lo valore, el que interactúe con la obra y extraiga sus propias conclusiones. Cualquier guía sería en este sentido una forma de amputar la experiencia del espectador, cuya mirada es dirigida hacia los rasgos que la visita de turno destaque. Y no sólo eso: ¿Realmente “funciona” una obra de arte que requiere explicación? Lo específico del lenguaje plástico (pintura, escultura) es precisamente prescindir del lenguaje: ¿no es entonces un retroceso el elaborar imágenes, objetos o piezas musicales que requieren de “anexos” técnicos para que el espectador pueda disfrutarlas?

Lo anterior no quiere decir que carezca de sentido el discurso “técnico” sobre el arte. Al contrario: los estudiosos y especialistas deben desarrollarlo. Sin embargo sí que quisiera cuestionar la función de ese “lógos” que acompaña muchas de nuestras experiencias artísticas y culturales. No hay que dudar que los museos ofrecen este servicio como ayuda a la visita: el objetivo es sacarle el máximo partido, lograr acercar al espectador aquello que va a desfilar ante sus ojos, y que quizás emplee códigos o símbolos algo alejados de los que se emplean en la vida cotidiana. No obstante, ello no impide que los propios artistas deban hacer una reflexión sobre su actividad: no porque deban vulgarizarla sino principalmente porque deberían adaptarse a las condiciones del arte que desarrollan. Si para comprender un cuadro es necesario leer un folleto de 30 páginas, quizás su autor debería haber pensado en escribir el folleto, prescindiendo de la mediación del objeto. ¿Qué pensaría un artista que visitara de incógnito una exposición guiada a sus propias obras? ¿Hasta qué punto podemos calificar de arte a aquellos objetos que requieren de una explicación para ser disfrutados por el espectador? ¿La experiencia estética va ligada al lógos o es indpendiente del mismo?

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