El arte sin folleto

Miguel Santa Olalla Tovar

¿Puede vivir el arte contemporáneo sin apoyarse en el discurso?

El arte y el discurso: dos enemigos íntimos. Cierta concepción los ha entendido como antagónicos, en tanto que cualquier creación artístisca desborda los límites del lenguaje y la razón y se dirige al universo de lo simbólico, lo instintivo, lo pasional. Siendo fundamentalmente un asunto de sentimientos parece difí­cil hacerlo compatible con la semilla de racionalidad que impregna el lenguaje. Si entendemos las palabras como una aspiración racionalizadora y el arte como lo que se sitúa en un plano no racional, la conclusión es inmediata: se levanta entre ambos un abismo insalvable. Ciertamente puede haber un análisis técnico de las obras elaborado por especialistas, pero no es eso lo más importante del arte: se trata de vivirlo, experimentarlo, hacerlo presente en nuestra vida y para ello ni es necesario ser especialista. Muy al contrario: no faltan quienes dicen que el conocimiento profundo y exhaustivo del arte y sus técnicas puede impedir el disfrute de la obra (Adorno entre ellos). No hacen falta lenguajes para disfrutar del arte, ya que el arte es en sí­ mismo un lenguaje, una forma de comunicación.

La situación se ha invertido en las últimas décadas. Cualquiera que asista a un museo de arte contemporáneo ha pasado por ello: lo primero que recibe es el consabido folleto explicativo. Se trata de algo que puede llegar a molestar: ¡Toma y lee!, parecen decirnos los artistas como si de otra manera fuéramos incapaces de acceder a sus producciones. El visitante audaz (o quizás ingenuo) puede atreverse a soltar las muletas, a entregarse a la contemplación sin guías ni ataduras, con la esperanza de disfrutar y comprender lo que se dispone a ver. Craso error: en muchas ocasiones saldrá sin haber “visto” nada, por lo cual cualquier intento de comprensión o de goce estético está bloqueado de partida. Si lo que hoy puebla los museos no estimula nuestra sensibilidad, si puedo verlo en cualquier andamio, papelera o mobiliario urbano que me cruce camino de la exposición, ¿qué sentido tiene denominarlo “arte”? La provocación de presentar un urinario como obra artística pudo estar bien en su día, pero su repetición termina vaciando de significado el mismo concepto de arte: cuando todo puede ser arte, eso significa que nada en realidad lo es. Lo menos que se podía esperar del contacto con el arte es el asombro o la admiración, el interrogarse o el sobrecogimiento. La reacción más habitual en muchos de los museos de arte contemporáneo es desprecio o indiferencia. El crédito de los que se presentan como “artistas” y creadores empieza a terminarse.

Hasta hace muy pocas décadas ver arte no exigía leer, ni tener una serie de conocimientos técnicos. La mirada del lego no será igual que la del especialista, pero ambos podían situarse enfrente de la obra y mirar, ver, disfrutar. La situación actual es precisamente la contraria: no hay manera de ver sin haber leído. Y todo ello con un agravante: después de leer no dejan de aparecer las dudas sobre el valor de lo que se ha visto: ¿Hacían falta semejantes “alforjas artísticas” para lo que después es una lectura pseudobiográfica, pseudofilosófica, pseudoliteraria o pseudocultural? La dependencia del folleto y la necesidad incuestionable de la “visita guiada” son una señal del agotamiento del arte contemporáneo. El visitante que desea leer permanece en su casa ante un buen libro o acude a una biblioteca a consultar a los catálogos. El que quiere ver, vivir o experimentar el arte acude a un museo con unas expectativas bien distintas. La respuesta a esta crítica ya se ha escuchado muchas veces: la culpa es toda nuestra. Los “espectadores” no nos adaptamos a los nuevos requisitos de la obra, a una concepción del arte revolucionaria que va siempre muchos años por delante de la forma de pensar y de vivir en la sociedad. Ante eso, la respuesta de cualquier “inadaptado” podría ser la siguiente: “Si quiere usted escribir, escriba y me pensaré si leo o no sus títulos. Pero sí quiere hacer arte, hágalo, empeñe su vida en ello y no en lo que a todas luces es banal, vacío, insustancial e imposible de mirar.” ¿Podrá algún día el arte prescindir del folleto? ¿Sería esto una forma de progresar o de volver a etapas pasadas?

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