Lucky Luciano (I): Érase una vez en Manhattan

Posted by E.J. Rodríguez


Viajemos a la época del blanco y negro, del cine mudo y del Ford T. Retrocedamos a los principios del siglo XX y fijémonos al azar en un chaval de las calles de Nueva York. O no tan al azar. Porque ese chaval se convertirá en uno de los principales líderes criminales del siglo, el creador de la Mafia moderna, el hombre que reinventó aquella organización llamada Cosa Nostra y la convirtió en lo que tantas veces hemos visto en las novelas, series y películas norteamericanas.

Un día cualquiera, en Manhattan

El Lower East Side ocupa el apéndice sudeste de Manhattan, a la vista —como quien dice— del puente de Williamsburg, ese tosco esqueleto de ferralla, y de las formas algo más elegantes, aunque aún austeras, del puente de Manhattan. El Lower East Side es un barroco conglomerado de estrechos edificios de ladrillo, que bordean las calles con un horizonte intermitente de tonos rojizos y ocres. Edificios de cuatro o cinco plantas de apartamentos sencillos, con frecuencia superpoblados, presididos por una breve escalera que da acceso al portal y que esconde a los costados un par de puertas de entrada al entresuelo. Aunque, todavía en el tiempo del que hablamos, pueden verse construcciones con la fachada de planchas de madera, como un vestigio cada vez más inhabitual de una época que ya entonces estaba desvaneciéndose en la apremiante confusión del cambio de los tiempos. Eran los albores del siglo XX; pocas veces el mundo ha avanzado tan deprisa, aunque sin saber muy bien a dónde.

Los toldos se extienden casi de continuo a modo de faldón de las largas hileras de edificios. En ciertas partes se levantan las viviendas sobre tiendas de todo tipo; aún existe la costumbre de sacar mercadería a la entrada de los comercios y amontonarla allí, a la vista de los viandantes. Algunas aceras están repletas de escaparates, aunque los puestos ambulantes también abundan. Los carromatos todavía son una visión común y no en todas las calles puede circular un automóvil con facilidad. Poco importa; aún poca gente dispone de uno. El Lower East Side tiene un aspecto elegante; una cierta dignidad arquitectónica llegada de allende el Atlántico. Pero es un barrio humilde, de gente trabajadora, habitado mayoritariamente por inmigrantes: italianos, irlandeses, alemanes, ucranianos, polacos… sus calles hierven de actividad, la multitud va y viene en sus quehaceres diarios. La inmensa mayoría de aquella gente ha llegado desde Europa con una mano atrás y otra delante, y ahora sobrevive desempeñando puestos poco cualificados. Antonio Lucania, por ejemplo, se ha traído a su mujer, Rosalia, y a sus cinco hijos desde la pobre Sicilia. Han venido en busca de una vida mejor, y sobre todo de una vida alejada de la dictadura feudal que la Mafia ejerce sobre la población rural de la atrasada isla mediterránea. El cabeza de familia de los Lucania, un antiguo cantero que no habla una palabra de inglés, se ha puesto a trabajar como peón de la construcción como tantos otros italianos. Confía en que sus retoños crezcan aprovechando las inmensas posibilidades de aquel país enorme en eterna ebullición, llamado Estados Unidos de América. El sueño americano. Y uno de sus hijos, en el futuro, cumplirá con creces ese sueño… aunque a su manera.

Salvatore Lucania se ha saltado las clases, como de costumbre. El colegio no es para él. Deambula ocioso por las calles de su barrio adoptivo, al que llegó con diez años de la mano de sus padres, directamente bajado del barco que llegaba desde Italia. Ahora, unos pocos años después, esas calles se han convertido en su hogar y en ellas se siente como en su casa. No porque uno deje fácilmente de sentirse un extranjero en América —por más que viva rodeado de paisanos— sino porque en el Lower East Side nunca falta algo que hacer o algo que ver. La memoria de Sicilia empezará a difuminarse rápidamente; ha llegado con la edad justa para terminar de crecer casi como un norteamericano más. Es un híbrido, como su nueva nación es una nación híbrida, un mestizaje de donde surge toda su fuerza motriz, para lo bueno y para lo malo.

Salvatore, en su indisciplinada rutina, ha descubierto la manera de conseguir las cosas que quiere, desde muy temprana edad. Se dedica a atracar a otros niños más débiles para robarles el almuerzo o el poco dinero que puedan llevar encima, destinado a gastos escolares. Es un chico violento, el matón de la escuela —aunque rara vez pone el pie en ella—, todos los demás chavales lo saben y ninguno quiere verse metido en problemas con él. Si tienen la mala suerte de topárselo en su trayecto matinal, le entregan lo que llevan encima sin rechistar. Y si algún niño no conoce todavía a Salvatore y comete la imprudencia de negarse, el siciliano le pega una considerable paliza hasta que el otro comprende cuál es su papel en la tragicomedia adolescente del Lower East Side. Nadie quiere recibir una de aquellas palizas dos veces.

Lucky Luciano comenzó su carrera delictiva a una edad bastante temprana, y se hizo notar en las calles por su dureza.

Un buen día Salvatore se cruza con otro niño, al que todavía no conoce. Una víctima fácil. Nacido en Rusia, en el seno de una familia judía, y bendecido con el impronunciable nombre de Meyer Suchowljansky, el chaval es, la verdad sea dicha, de aspecto más bien poco imponente. Bajito, flaco hasta casi lo raquítico, de cara alelada y orejas de soplillo, aún trata de adaptarse a esta frenética nueva existencia: con sólo nueve años hubo de decir adiós a su Bielorrusia natal y ahora camina por una calle neoyorquina, que es casi como haber aterrizado en otro planeta. Todo  un cambio. El pequeño Meyer se ha encontrado un mundo aterradoramente exótico y a menudo hostil, poblado de amenazantes niños llegados de diversos rincones con sus extrañas costumbres y sus idiomas incomprensibles. Hoy, para terminar de arreglar la cosa, tiene ante sí a uno de aquellos sicilianos de cabello negro y piel con tendencia a tostarse, un chaval de aspecto temible que le saca varios años de edad y bastantes centímetros de estatura, y cuyas intenciones no parecen nada amistosas. Meyer viene de un país cuya tradición no era nada ajena a la violencia —su familia, de hecho, había sufrido los temibles pogroms contra los judíos en el pasado— pero, aun así, debía de ver a aquel matón italiano como una especie de tosco bárbaro, llegado de aquel misterioso sur de Europa que se le antojaría poblado por tribus de trogloditas cetrinos e incivilizados, una bestia mediterránea más movida por el instinto que por la inteligencia. Ambos son extranjeros en América, pero también extranjeros entre sí. Por más que los niños y adolescentes del Lower East Side compartan barrio y hayan venido casi todos ellos del Viejo Continente, los grupos étnicos no se comprenden mutuamente ni parecen mostrar demasiados deseos de avanzar en la convivencia… algo que, a menudo, se agudiza especialmente en el aparentemente invisible —pero bullicioso— círculo social de los más jóvenes.

Salvatore Lucania, de hecho, muestra más bien poca curiosidad intercultural hacia el pequeño ruso. Lo agarra de las solapas y le hace —parafraseando al clásico— una “oferta que no podrá rechazar”. El siciliano quiere el almuerzo de Meyer y el dinero que lleve encima. Meyer se niega a entregarlo. Salvatore, previsiblemente, le pega una paliza hasta hacerlo sangrar: es la lección que ningún niño olvida jamás después de intentar imprudentemente plantarle cara. Tras la golpiza, el italiano le quita al ruso lo que lleva encima y lo deja allí en la acera, dolorido, llorando por las heridas de fuera y muy especialmente por las de dentro. Para Salvatore, esta escena es una rutina. Pero para Meyer… ¿una víctima más? No tan deprisa.

Pasan algunos días. Salvatore camina por la acera y ve que, doblando la esquina, aparece frente a él aquel mismo niño flacucho de las orejas de soplillo. Del que supone, aplicando la lógica, que ya ha aprendido su lección. El siciliano se prepara para verlo cambiar de acera en cualquier momento, ya que los niños que se cruzan con Salvatore suelen reaccionar así, confiando en que con mucha fortuna no les haya visto y puedan darle esquinazo. Pero el alfeñique ruso no cambia de acera. Es más, no hace el más mínimo amago de intentarlo. Ni siquiera parece querer evitar a Salvatore. Camina directamente hacia el matón. No se lo ve asustado, y si lo está, lo disimula muy bien, porque mira directamente a los ojos de Salvatore con expresión desafiante. Parece obvio que Meyer no se va a enzarzar en una pelea física —no tiene ninguna posibilidad— pero desde luego aparece revestido de una dignidad inquebrantable, de una hebrea solemnidad que al parecer le impide plantearse la huida. El encuentro tiene el mismo desarrollo de la otra vez: Salvatore demanda su botín. Meyer se niega. Salvatore le pega una paliza y le roba. Meyer se queda allí sentado, sangrando por la nariz, mientras algunas lágrimas le corren por la mejilla, unas lágrimas que probablemente se le han escapado a su pesar. Pero se ha resistido en la medida de sus posibilidades, eso es lo que cuenta para él. Y no será la última vez.

En los subsiguientes encuentros, y para el total asombro del italiano, Mayer Suchowljansky se entrega al martirio con idéntico pundonor, sin el menor amago de querer escapar o esconderse cuando se cruza con su verdugo. Siempre se dirige hacia una paliza garantizada con la mirada clavada en los ojos de quien va a dársela. Aquel niño es realmente raro, se dice Salvatore, y lo cierto es que no puede evitar empezar a sentir cierta simpatía por él. Eso no le impide seguir golpeándole para obtener lo suyo —la ley de la calle es la ley de la calle: el ruso siempre se niega a entregar su dinero y Salvatore no puede permitirse desafíos— pero, sin poderlo evitar, empieza a admirar su valentía.

Así transcurren varios episodios similares, hasta que un buen día se produce un suceso que hará que las cosas cambien. Salvatore camina junto a la boca de un callejón y ve una escena familiar: unos chavales —una pandilla de irlandeses— le están dando una paliza a otro. Son varios contra uno, lo cual le parece a Salvatore una actitud cobarde, pero no tiene por qué entrometerse en asuntos que no le conciernen. La calle es así, y él es el primero que recurre a la agresión para alcanzar sus fines. Sin embargo, se ve forzado a detenerse cuando reconoce a la víctima: es aquel niño judío que se traga el miedo y que, con toda seguridad, ha mostrado la misma actitud de dignidad kamikaze frente a los irlandeses que lo están apaleando ahora. Se habrá resistido a ser atracado, y probablemente por eso se están ensañando con él. Salvatore Lucania se ve impelido a actuar: saca su navaja —en cuyo uso es bastante diestro— y hace una demostración de sus dotes ante los agresores, provocando la huida de todos ellos. Seguidamente se preocupa por el estado del maltrecho Meyer Suchowljansky. Le promete que, de en ese momento en adelante, no volverá a atracarlo. Es más, lo protegerá. A partir de ese momento se convertirán en amigos. Y la suya será una amistad que durará toda la vida. Ambos, muchos años después, se transformarán en los dos cerebros que estuvieron detrás de la creación del moderno crimen organizado, los dos hombres que crearon la mafia moderna. Cuando —siguiendo una práctica común entre los inmigrantes— se cambien el nombre, el mundo los conocerá como Charlie Luciano y Meyer Lansky.

Un nuevo mundo, una nueva vida

Meyer Lansky, amigo y colaborador de Lucky Luciano a lo largo de toda su carrera criminal.

En las calles de Manhattan hay delincuencia. Es un universo en formación y la ley no llega por igual a todas partes. Allí donde hay una gran población de inmigrantes italianos, está por ejemplo la “Mano Negra”: una difusa red de extorsionadores que chantajean a sus compatriotas —principalmente a los dueños de los negocios— ofreciéndoles “protección” a cambio de un porcentaje de sus beneficios y de su mercancía. Una costumbre, por cierto, que el Joven Salvatore ha imitado, vendiendo esa misma “protección” a chavales que puedan pagársela con una cuota semanal. Pero lo de Salvatore es casi un juego, podría decirse, si se nos permite la expresión. Lo de la Mano Negra, en cambio, es algo muy serio: secuestros, amenazas, chantajes, lesiones, desapariciones e incluso asesinatos nada infrecuentes, a veces ejecutados con escalofriante crueldad. No es una organización centralizada, sino más bien un nombre genérico para bandas de matones que actúan apoderándose de zonas concretas. En algunas zonas de Nueva York, de hecho, la Mano Negra ha alcanzado un considerable poder; desestructurado, pero real. Por citar un sonoro ejemplo, llegarán incluso a chantajear al mundialmente famoso tenor Enrico Caruso, exigiéndole mediante carta anónima una suculenta cantidad de dinero por actuar en un teatro situado en “su territorio”. Caruso, por cierto, cedió al chantaje y pagó. Mala idea: poco después le llegó otra carta exigiendo todavía más dinero. Comprendiendo que el chantaje no iba a terminar, se negó a seguir pagando y avisó a la policía. El tenor hubo de pasar sus últimos años acompañado de una escolta.

La violencia a menudo brutal de los dispersos grupos de la Mano Negra y sus asociados —así como de los incipientes grupos mafiosos— era como un telón de fondo para la vida de los italianos recién llegados, y durante algún tiempo encontraron poca oposición. Las autoridades neoyorquinas rara vez se inmiscuían más de la cuenta en los avatares de los barrios de inmigrantes transalpinos. De hecho, había relativamente pocos oficiales de origen italiano en el cuerpo de policía de la ciudad y los agentes de la ley sentían que tenían poco que ganar metiéndose en aquellos ensanches donde una parte apreciable de la población que ni siquiera sabía hablar inglés. Aunque, en honor a la verdad, no es que hubiesen faltado algunas campañas para intentar combatir la delincuencia en esas zonas. Especialmente notorios fueron los esfuerzos del oficial Joe Petrosino, un policía nacido en Campania, que llegó a poner en jaque a diversas bandas criminales al frente de un escuadrón especial de agentes italoamericanos. Petrosino fue un héroe peculiar: desmanteló varios grupos de la Mano Negra y logró expatriar incluso a varios mafiosos… uno de los cuales lo mató a tiros como venganza cuando el oficial cometió la imprudencia de viajar a Italia para intentar coordinarse con la policía de aquel país.

Pero, dentro del reinado del crimen en los barrios italianos, había ciertas diferencias entre bandas como la Mano Negra y las incipientes asociaciones de mafiosos llegados desde Sicilia y algunas otras partes del sur de Italia. La violencia indiscriminada de la Mano Negra no podía durar siempre, porque no respondía a un sistema lógico de valores, sino a una brutalidad a menudo arbitraria. Se trataba simplemente de individuos salvajes que se apoderaban de los barrios a base de imponer el terror de forma sanguinaria, y que tan pronto asesinaban de manera horrible a familiares inocentes de un comerciante porque éste no había querido ceder a los chantajes, como se mezclaban en asuntos de prostitución infantil, raptando niños pobres y llevándoselos a clientes pudientes. No resulta extraño que cuando empezaron a llegar a estas barriadas miembros de la Mafia —frecuentemente huyendo de la justicia italiana o de vendettas de facciones rivales—, a organizarse a su manera y a imponer un nuevo reinado de terror, muchos inmigrantes los considerasen preferibles e incluso llegasen a proferirles respeto. Los mafiosos, al menos, se movían según algunos valores reconocibles. Que en ocasiones eran valores arcaicos y retorcidos, pero que al menos resultaban relativamente previsibles. Y que además permitía a sus bandas alcanzar un grado de sofisticación y disciplina impensable en las jaurías de la Mano Negra. Poco a poco, la Mafia se fue imponiendo en las calles, cuando iban llegando más miembros desde Europa. Las nuevas extorsiones con las que tenían que convivir los italianos honrados de Nueva York se presentaban bajo una forma tradicionalista y feudal que, te gustase o no, al menos resultaba “tranquilizadoramente” familiar. Los mafiosos importantes solían repudiar ciertas prácticas, especialmente las que implicaban violencia contra los niños, y eso ya implicaba un cambio para mejor. Los “hombres de respeto” lo eran en contraste con las alimañas que por lo general les habían precedido en el dominio de las calles.

En un ambiente semejante no resulta sorprendente que la delincuencia juvenil tuviese tendencia a dispararse, y no siempre por estricta necesidad. Salvatore Lucania aprendió pronto que romper las reglas le permitiría ganar cómodamente más dinero del que ganaba su padre dejándose el lomo en la obra. Durante su adolescencia formó una pandilla propia, naturalmente liderada por él. Para el disgusto de Antonio Lucania, su hijo empezó a fabricarse un sólido historial policial; más de una vez tuvo que ir a sacarlo de entre rejas fianza mediante, aunque su retoño ya ganaba bastante más dinero que él mismo. Al final, cuando Salvatore fue detenido por tráfico de drogas, Antonio pronunció la célebre frase: “no tengo hijo”. A veces se decía que Salvatore Lucania cambió su nombre para no seguir avergonzando a su padre; aunque probablemente lo hizo —como era costumbre entre muchos inmigrantes— para que a los norteamericanos anglosajones les resultase más fácil de pronunciar.

Tras probar la cárcel por tenencia de armas, el joven Frank Costello decidió no volver a llevar pistola.

Conforme sus actividades delictivas se volvían más complejas y lucrativas, y también más demandantes, Salvatore empezó a darse cuenta de que la violencia no siempre era la herramienta más recomendable. Sobre todo porque los actos violentos solían atraer a la policía, lo cual entorpecía los negocios en que su pandilla estuviese metida. Así, empezó a desarrollar el arma que lo haría más peligroso en su futura ascensión criminal: el cerebro. Empezó a pensar en lo que hacía antes de hacerlo, planificando cuidadosamente sus golpes y maniobras, considerando el balance entre riesgos y beneficios. En eso terminó coincidiendo con uno de los miembros de la banda, el calabrés Francesco Castiglia, que más tarde sería célebre con su nuevo nombre americanizado, Frank Costello. Castiglia también tenía un bonito registro como delincuente juvenil, pero tras pasar unos meses en prisión por tenencia ilícita de armas, decidió que en el futuro saldría adelante usando su cabeza como arma; pese a convertirse en un importantísimo miembro de la Mafia, no volvió a llevar una pistola encima jamás.  Así pues, Lucania y Castiglia —Luciano y Costello— compartían una misma visión del negocio. Otros miembros de la banda, como el vehemente Vito Genovese, no compartían esa visión, pero se daban cuenta de que Luciano y Costello ofrecían buenas soluciones a los problemas gracias a sus intelectos, por lo cual aceptaban de buen grado su liderazgo natural.

Lo mismo sucedía con Meyer Lansky, aquel ruso flacucho que era íntimo amigo y colaborador de Lucania, y que había acortado su imposible apellido para hacerlo asequible a los habitantes de su nueva patria. Meyer se había convertido también en líder de su propia banda de delincuentes judíos; era una banda íntimamente asociada a la de Luciano, en la que militaba por ejemplo su amigo Benjamin “Bugsy” Siegel, el futuro “inventor” de Las Vegas. Lansky solía sentarse a planificar tranquilamente sus actividades con Luciano y Costello, mientras que los miembros menos sofisticados de sus respectivas bandas eran usados como “músculo” para ejecutar acciones agresivas cuando la ocasión lo requería. Siegel, por ejemplo era extremadamente violento y muy irreflexivo: si había un tiroteo, se lanzaba pistola en mano hacia el enemigo, como si no le preocupase recibir un balazo. No parecía pensar en las consecuencias de sus acciones, así que Luciano y Lansky lo usaban como arma arrojadiza cuando no les quedaba más remedio que llegar al recurso de la violencia, y trataban de mantenerlo domesticado cuando los negocios requerían tranquilidad.

Como decíamos, las dos bandas funcionaban casi como una sola, ya que Luciano y Lansky se entendían bien y se complementaban; ambos descubrieron que el otro poseía una inteligencia brillante, y que dos cabezas (o tres, si contamos a Costello) piensan mejor que una. Trabajaban juntos sin importar su diferente origen étnico, algo que era completamente inusual entre los delincuentes sicilianos de mayor edad. Aquella forma de funcionar, cultivada en las calles de Manhattan, sería la espina dorsal para la aparición de la moderna mafia norteamericana, y chocaría en cierto modo con las tradiciones de los mafiosos de otra generación.

Las dotes de mando de Salvatore Lucania —ahora Charlie Luciano— sobre sus jóvenes esbirros no pasaron desapercibidas entre los criminales establecidos, especialmente cuando se promulgó la Ley Volstead (la famosa “Ley Seca”) y el lucrativo negocio del tráfico ilegal de alcohol empezó a requerir una buena cantidad de savia nueva en las organizaciones mafiosas. Primero, por mediación de Meyer Lansky, Luciano estuvo bajo las órdenes del célebre gangster judío Arnold Rothstein. Después, su brillantez atrajo la atención de Joe “The Boss” Masseria, que dominaba los bajos fondos de buena parte de Manhattan. De hecho, Masseria era el capo mafioso más importante de la ciudad, como puede deducirse de su apodo. El “Jefe” terminó tomando a Luciano como uno de sus hombres de confianza, lo que hizo que escalara rápidamente posiciones en la Mafia de Nueva York. Durante los años veinte, riadas de dólares iban a circular por la organización y Charlie Luciano iba a ganar más dinero del que hubiese imaginado cuando atracaba a otros niños por las calles del Lower East Side.

Pero la convivencia entre Masseria y Luciano no iba a resultar fácil. Luciano había llegado a EEUU con apenas diez años y había empezado su carrera delictiva en Nueva York, en un contexto americano, y con una mentalidad americana. Masseria, en cambio, había huido de Sicilia con diecisiete años, para evitar un procesamiento por asesinato en la isla, y cuando llegó a América estaba ya imbuido de la cultura de la vieja Mafia. La visión tradicionalista de Masseria iba a chocar frontalmente con la apertura de miras de Luciano, quien iba a tener que soportar diversas prohibiciones y limitaciones impuestas por su nuevo capo, limitaciones que él encontraría absurdas y que le iban a hacer sentir muy incómodo. Pero en el negocio del alcohol había mucho dinero y Luciano estaba ahora en un lugar privilegiado para obtener su parte del pastel, así que con frecuencia contuvo sus deseos de deshacerse de Masseria. En su posición de joven lugarteniente no se veía con suficiente respaldo como para rebelarse contra el temible “Boss”. Pero pronto serían otros los que se rebelasen contra Masseria y, poniendo a Luciano contra la espada y la pared, terminasen obligándole a tomar esa decisión: en 1928, se desataría una guerra civil dentro de la Mafia neoyorquina, a la que Luciano sobreviviría de milagro —ganándose el legendario sobrenombre de “Lucky”— y en la que tendría que tomar parte para intentar seguir vivo. Aquella guerra, junto con su astucia, terminaría convirtiéndolo en el criminal más poderoso de América. (continúa)

http://www.jotdown.es/2012/05/lucky-luciano-i-erase-una-vez-en-manhattan/



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