Sobre la estetización de la esfera pública

Mariana Margot Guzmán Bourdelle-Cazals

En 1937, Walter Benjamin expone en Paris una ponencia en la que cuestiona el papel del artista como productor con relación a los modos de producción de su época. Más precisamente, habla sobre el ejemplo de los periódicos como medio de expresión de la esfera pública de la Rusia soviética y demuestra qué es el que permite que la esfera pública sea una voz partícipe de su tiempo. Benjamin describe al periódico como un espacio donde el medio está a merced del lector y no viceversa, donde: La persona que lee está lista en todo momento para volverse en una persona que escribe […] su calidad de experto –aunque no lo sea en una especialidad sino solamente en el puesto que ocupa– le abre el acceso a la calidad de autor, y fomenta en la esfera pública la impaciencia, cotidianamente ávida de nuevo alimento.[1] Dicha impaciencia está ligada con la velocidad con la que en aquella época podía publicarse un periódico. Aplicando la misma pregunta al contexto actual, ¿podría decirse que los nuevos medios de expresión, como las redes sociales, tienen el mismo papel que tuvo el periódico de aquel entonces?

El viernes 18 de mayo del 2012 la red social Facebook fue protagonista de un evento polémico: la compañía se introdujo en el universo de la Bolsa de valores. En los días que siguieron los resultados fueron decepcionantes y, como era previsible, las notas de los periódicos tales como Le Monde o la Jornada, que cuentan con una versión en línea, estaban abarrotadas de las opiniones incontenibles de un público más bien molesto que –aún proviniendo de distintas partes del mundo– parecía expresarse desde un mismo punto de vista: Facebook es ciertamente una burbuja, tan vulnerable como peligrosa.

Irónicamente, ni siquiera las notas que desprestigiaron a la red social eluden al pulgar acosador del “I like”, el hipervínculo gracias al cual es posible compartir en la ya mentada red que se está en desacuerdo con ella, que se sospecha de sus intenciones sociales y económicas, al mismo tiempo que se sigue siendo un usuario devoto del sistema criticado.

Como su nombre lo dice, “Libro de cara”, es un océano de vinculaciones sociales que surgen a partir de la imagen del usuario cuyo perfil –símbolo del individualismo– puede leerse con la sinceridad y accesibilidad de un libro; sin embargo, el poder de la imagen es subestimado. Bajo la apariencia de ser un símbolo de expresión personal del individuo, un rasgo de libre voluntad a favor o en contra de exactamente cualquier tema, imagen u opinión, el hipervínculo esconde la frivolidad de su verdadera naturaleza: es la imagen viva de la banalidad que transforma a la precaria expresión del usuario en una cifra más. Como ha escrito Debord: El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.[2] Se trata entonces de un espacio intangible cuyo objetivo es generar estadísticas a partir de la “expresión” de la esfera pública, para alimentar al sector económico el cual, a fin de cuentas, es el corazón expuesto de la red. Como escribió Walter Benjamin para un contexto distinto: las relaciones sociales están determinadas por las relaciones de producción de su época. [3]

Para recapitular, se podría decir que la relación entre la esfera pública y los medios de producción/venta/difusión de nuestra época son un modelo a escala inmensurable de la concepción económica de nuestros tiempos: la globalización. La esfera pública está determinada por el velo de una lógica capitalista rapaz. Citando nuevamente a Debord:

El espectáculo somete a los hombres vivos en la medida que la economía les ha sometido totalmente. No es más que la economía desarrollándose por sí misma. Es el reflejo fiel de la producción de las cosas y la objetivación infiel de los productores. [4]

Tanto los periódicos como la red comparten una característica estética de índice donde se expone en primera plana la abreviación de las notas más importantes y se redirige al lector a la página que desarrolla el tema de su interés. La diferencia más obvia entre ambos medios sería la inmediatez de acceso a la información. Una de las principales características de la red es el sistema de hipervinculación que la vida real no puede ofrecer. A la distancia de un clic, las relaciones entre imágenes, textos, videos o audio se vuelven infinitas y por encima de todo, tan accesibles como efímeras. Actualmente el medio en el que se desarrolla la esfera pública contemporánea es el que determina su estética, la cual a su vez está claramente relacionada con la inmediatez.

La estética de los nuevos medios parece ser diseñada para ocultar el complejo sistema de algoritmos y funciones de las computadoras con el fin de hacer que lo complicado aparezca como simple. Desde los íconos como el pulgar “I like” de Facebook, las plantillas para las páginas html, hasta la tipografía y disposición de los elementos ofrecidos por los navegadores son diseñados no sólo para “facilitar” las búsquedas, sino también para agilizar el acceso o el descartamiento casi inmediato de la información. La estética determinada por los nuevos medios es expresamente condescendiente para con el usuario. Antes que hablar de una sobre estetización de la esfera pública, sería puntual hablar de su infantilización a partir de la estética transigente de su medio.

¿Qué fin tiene el infantilizar a la esfera pública? Según Anselm Jappe,[5] podría decirse que es una estrategia del capitalismo para nutrirse a sí mismo. La patología del narcisismo está basada en la incapacidad del sujeto para distinguir el mundo exterior de su propio Yo, teniendo al mundo como una extensión de sí mismo. Así pues, incapaz de establecer una relación objetiva con el mundo circundante, el sujeto es susceptible de caer en la adoración o fetichización del objeto a partir de un juicio no cualitativo, sino cuantitativo y por ende consumir a la obra de arte de la misma forma que lo haría con una Coca-Cola.

Masificada por los nuevos medios, la infantilización permite mantener el espejismo de una pacificación social, es decir, de un aletargamiento de los malestares sociales derivados del capitalismo. En realidad la esfera pública de los nuevos medios es el engranaje interno de la serpiente que devora su propia cola: la economía.

Así como el mundo es una extensión del sujeto narcisista, la imagen que proyecta de sí mismo sobre la sociedad y en particular en la esfera pública, deviene una mera tarjeta de presentación adornada donde más es sinónimo de mejor y en la mayoría de los casos antónimo de contenido: se trata de sustituir sustancia con apariencias.[6] A diferencia de los medios de comunicación tradicionales como los periódicos o la televisión, los medios electrónicos permiten una constante y personal “actualización” que Boris Groys denomina autodiseño[7] de la imagen del sujeto. Esto es que el sujeto gestiona estéticamente su propia imagen pública de la misma forma en que el artista lo hace con su obra. Un papel que antaño correspondía al artista es actualmente una práctica general de la esfera pública. Citando a Groys: Podría decirse que el autodiseño […] une a artistas y público de la forma más radical: aunque no todos producen obras de arte, todo el mundo es una obra de arte.[8]

Si la función del artista ha sido arrebatada, ¿quiere decir que la producción artística contemporánea es obsoleta? En primer lugar habría que preguntar si en realidad la estetización de una obra es en principio el objetivo del artista, no ya como la forma primera de percepción del objeto sino como un cojín que ameniza o fortalece su verdadera naturaleza. A tal pregunta Brea argumenta:

El arte contemporáneo no habría tenido nunca, […] la pretensión de ofrecer ornamento, distracción o entretenimiento. Sino más bien al contrario la de denunciar de modo radical las insuficiencias del mundo que vivimos. Menos la de avalar un orden de la representación que la de precisamente cuestionarlo, menos la de ofrecerle al hombre contemporáneo un sillón cómodo en que olvidarse por un momento de sus preocupaciones, que la de oponerle un espejo muy poco complaciente que le obligue a enfrentar sus insuficiencias, a reconocer sus más dolorosas contradicciones. El arte, en efecto, no es tanto oasis de paz como enardecido canto de guerra.[9]

Por citar un ejemplo, tanto Groys como Jappe y Brea mencionan el caso del artista Damien Hirst y coinciden en que la consagración de dicha persona en el mundo del arte es el resultado de una sobre valorización económica de su obra. Cabría preguntar si puede llamarse arte a la obra que oculta su vacuidad bajo una estetización exagerada, ¿por qué no considerarla como un mero objeto de contemplación pasiva, sobrevalorada no ya por su contenido sino por su costo legitimado por los museos? De la misma forma en que una esfera pública que se adorna más de lo que se expresa, ¿puede sinceramente llamarse esfera pública?

Según la definición de Habermas, la esfera pública es una que media entre la sociedad y el Estado y existe por definición únicamente cuando se presume un público racional.[10] Con un panorama nublado por la hegemonía del capitalismo y su estrategia de infantilización finalmente habría que preguntar: ¿Es posible hablar de una esfera pública con voz verdaderamente propia sabiendo que su lógica está determinada por la ideología de su época? Podría realizarse la misma pregunta para el caso de los periódicos soviéticos citados por Benjamin; tanto como en las redes sociales debería preguntarse dónde exactamente se da la mediación entre la sociedad y el Estado presumida por Habermas, y considerando que esta última está determinada por lo inmediato y efímero de su medio de expresión, ¿qué perdurabilidad tendrá realmente dicha mediación?


[1] Walter Benjamin, “El autor como productor”, trad. Bolívar Echeverría, Ponencia presentada por el autor en el Instituto para el estudio del fascismo, Francia, París, 27 de abril de 1934, p3, último acceso junio 4 del 2012, http://www.bolivare.unam.mx/traducciones/El%20autor%20como%20productor.pdf

[2] Guy Debord, La societé du spectacle, trad. Maldeojo, (Champ Libre, 1967) p3.

[3] Walter Benjamin, Op. cit.

[4] Guy Debord, La societé du spectacle.

[5] Anselm Jappe, “El gato, el ratón, la cultura y la economía”, El viejo topo, diciembre, 2009, p. 263.

[6] Boris Groys, “Self design and aesthetic responsability”, E-flux journal, junio-agosto 2009, n7.

[7] Ibídem.

[8] Ibídem.

[9] José Luis Brea, “La estetización difusa de las sociedades actuales- y la muerte tecnológica del arte” en La era Postmedia, Acción comunicativa, prácticas (post)artísticas y dispositivos neomediales.

[10] Jürgen Habermas, “The Public Sphere: An enciclopedia Article”, New German Critique , otoño, 1974, pp. 49-55, n.3 http://www.jstor.org/discover/10.2307/487737?uid_28uid_4&sid_47698774839987



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